sábado, 22 de julio de 2017

Entre lo conocido y lo desconocido

Estamos viendo cambios acelerados del mundo, situaciones novedosas en ciencia y tecnología que nos advierten sobre una nueva faceta de la dinámica humana posiblemente con máquinas o robots en el mediano plazo. Los hombres con su entendimiento y sapiencia han logrado simular situaciones de la naturaleza, dinámicas y partes del cuerpo y construir escenarios virtuales de interacción como internet.

Estos logros elaborados desde su capacidad para dejarse sorprender por la novedad, por lo desconocido y lo inesperado, establecen un marco general de acción que cada uno de los seres humanos debe explotar, con el fin de movilizar sus talentos y acciones para crear mayores posibilidades y propuestas sobre múltiples formas de comprender el mundo.

El hombre que no se deja sorprender por la dinámica de lo incierto y la generosidad de lo ambiguo, está atrapado en su propia burbuja del conocimiento, pensando que con lo que sabe es posible descubrir todo lo que el entorno ofrece. El hombre que se abre a lo poco conocido y explora en terrenos inestables, está trazando nuevos horizontes en su mente y en su corazón para revelar aspectos de la realidad antes desconocidos y que habiliten nuevos entendimientos de aquello que es conocido.

La diferencia entre lo conocido y lo desconocido, no es lo que en sí mismo encierran las dos palabras, sino el espacio de encuentro que se tiene entre los dos mundos: una lista de realidades sabidas preparada para ser desconectadas y un conjunto de situaciones inadvertidas, perfectamente inciertas dispuestas para integrarse al escenario desconectado. En este sentido, la diferencia se vuelve coincidencia, una lectura extendida de la realidad que se desconecta y se reensambla para leerla con unos lentes nuevos.

Cuando el hombre se enfrenta a situaciones o enemigos inciertos, desde la postura de los conocimientos conocidos y ciertos, se crean dos escenarios complementarios: la angustia de no saber y tener que responder, y la oportunidad de no saber, y poder proponer. Cualquiera sea la situación a la que el individuo se enfrente deberá saber que, es desde su visión ante la vida como podrá superar sus propios miedos y temores, para lograr proponer alternativas que den cuenta de su compromiso para crear una mejor versión de sí mismo.

En el mundo actual, las incertidumbres son el nuevo normal al que el hombre moderno se enfrenta, una necesidad de superávit de futuro que consume las energías humanas, sin mediar palabra o análisis sobre lo que ocurre en la realidad. Estar atentos y percibir los cambios del entorno, no debe suponer una postura de angustia o desespero del hombre, sino una lectura sosegada de los signos y señales que el exterior envía para poder descubrir revelaciones claves que reanimen los compromisos personales y los retos empresariales.

Cuando el mundo a diario ofrece nuevas oportunidades para reconectar nuestros retos y ampliar el espectro de nuestros sueños, tenemos el deber de salir al encuentro de la desarticulación de nuestras propias verdades, asumir el proceso de derribar nuestros límites autoimpuestos y superar el dolor y la incomodidad que supone esta acción. 

De esta forma estaremos más cerca de encontrar el tan esquivo elixir de la juventud, ese que no está en el mundo exterior (el del hacer), sino en el mundo interior (el del ser), donde no existe tiempo ni espacio, solo un eterno ahora donde somos uno con el universo.

El Editor

domingo, 16 de julio de 2017

Conexión consciente

Tres elementos que integran, administran y concentran nuestras emociones y sentimientos: el ego, la fortaleza y la autoestima. Cualquiera de ellos que se encuentre en una proporción superior, menor o desbordado en situaciones de normalidad, es decir, cuando lo importante es mantener una postura mesurada, centrada y respetuosa de la realidad, altera la forma como vemos y actuamos en el mundo.

La autoestima es el amor, valía propia, cariño y cuidado que cada ser humano debe mantener por sí mismo, como criatura divina que ha venido al mundo no solo a embellecerlo con su presencia, sino a transformarlo con su actuación. La autoestima es la fuerza natural del hombre que lo invita a mantenerse firme en las horas de confusión o contradicción, es la esencia del alimento del espíritu, que nos impulsa a lograr hazañas extraordinarias y superar situaciones inesperadas.

La fortaleza es la potencia y capacidad interior que sobrepone al hombre frente a los momentos de lucha interior y exterior. Es la energía de la constancia y consistencia de un esfuerzo concentrado y focalizado, que vencer el temor y permite cambiar una condición adversa, en una oportunidad de renovación y construcción personal. La fortaleza es un don que debe ser renovado e invocado a la divinidad, para mantener la estabilidad espiritual que precede a la motivación personal para salir adelante en medio de las inestabilidades y tempestades.

El ego, ese enemigo persistente que el hombre tiene, que no le deja ser, sino aparentar. Ese contrario que no quiere que nada cambie para tener una excusa perfecta para seguir existiendo. El ego es la expresión natural del niño malcriado que el hombre lleva dentro, que muchas veces toma el control de su vida y que lo invita todo el tiempo a reaccionar y no a meditar y reflexionar antes de actuar. El ego se mantiene en las sombras, tratando de pasar desapercibido, sin ser detectado, listo para impedir al hombre estar en el presente y preso de su pasado.

Cuando la autoestima se eleva, deberá responder a una realidad donde se ha comprometido su nivel medio de funcionamiento, es decir, ese estándar de valor propio sano que permite al hombre renovarse dentro y saber que es capaz de superar los retos que la vida le propone. Cuando la fortaleza se incrementa, será una respuesta natural al exigente contexto del ambiente que somete y enfrenta las limitaciones del ser humano, invitándolo a reestablecer su compromiso para lograr aquello que se ha propuesto.

Cuando el ego se incrementa, ya no se tienen alertas, sino alarmas. Hay una situación que se ha desbordado, una parte inherente del hombre que ha tomado el control sobre sus propias acciones; una sombra, que como las propias de los seres humanos, ha tomado más relevancia que otra y que posiblemente, aviva el fuego de terceras que han estado vigilantes en su momento.

El ego, como anota Tolle (2017, p.68), se lo toma todo personalmente, conecta con la emoción, la actitud defensiva y finalmente, con una posible agresión. El ego, sigue Tolle (idem), confunde la opinión y los puntos de vista con los hechos. Es un mal intérprete de la realidad, que no reconoce la poca nitidez y posible alteración de sus lentes para ver el mundo.

Así las cosas, es necesario mantener una conexión consciente con el ser interior, con la luz divina que habita en cada uno de los hombres; esa fuente de energía vital que todo lo nutre y sintoniza en la intimidad de cada individuo. Una permanente reflexión que, reconociendo el entorno, los retos y aspiraciones humanas, es capaz de articular su autoestima y fortaleza para reconocer y superar al ego como lo que es: una disfunción colectiva y la locura de la mente humana (Tolle, 2017, p.75).

El Editor

Referencia
Tolle, E. (2017) Un nuevo mundo, Ahora. Encuentra el propósito de tu vida. Decimotercera Edición. Tercera reimpresión. Barcelona, España: Penguim Random House Grupo Editorial.

domingo, 9 de julio de 2017

Un sueño: pasión de todos

Bien afirma Covey (2016) cuando establece la distinción entre resolución de situaciones problemáticas y creatividad: “cuando nos centramos en la resolución de un problema, intentamos eliminar algo. Cuando estamos en modo creativo, intentamos crear algo”.

Si permanecemos todo el tiempo en modalidad “resolución de problema”, la ansiedad y la angustia aparecen, las reflexiones analíticas se vuelven tan naturales, que nos concentran en un punto específico que nos hace perder del norte y los objetivos claves por los cuales asumimos la tarea que nos han encomendado (Covey, 2016). Por lo general este esfuerzo, que nos consume mucha de nuestra energía, termina siendo estéril como quiera que la situación problemática no siempre es solucionada.

Cuando nos movemos al “modo creativo”, buscamos en la situación problemática una oportunidad para construir algo que no existe, un pensamiento lógico y algunas veces inusual que nos permita abandonar los patrones de pensamiento habituales, con el fin de crear en nuestra mente a solución y la energía necesaria para concretarla. Lo anterior, supone, encontrar en nuestra misión personal aquellos puntos de inflexión que nos permiten superar los conocimientos previos y motivarnos a navegar sobre el incierto de aquello que no ha sido probado.

En la formación académica tradicional el pensamiento analítico ha mantenido su dominio sobre las formas alternas de pensar y proponer. En la medida que nuestro pensamiento tenga la habilidad de conciliar la incertidumbre, como una opción para desconectar la realidad, incluir los aspectos novedosos disponibles y luego, concretar una distinción enriquecida que reinterprete la situación problemática, podemos advertir que hemos efectuado un movimiento lateral que para muchos puede ser inesperado.

Cuando estamos prisioneros de las presiones conceptuales y los marcos de trabajo conocidos y probados, las ideas diferentes suelen ser doblegadas por las pruebas y resultados de acciones previamente validadas y analizadas. Por tanto, “sin apoyos, sin ayuda y sin sinergias, nuestras ideas “no estándares”, acaban siendo una apuesta que se queda sin fondos, sin soporte para lograr transformar y hacer las cosas de formas no conocidas” (Adaptado de: Covey, 2016, p.106).

En este sentido, es importante construir alrededor de nuestras propias reflexiones, un equipo que compense nuestras limitaciones y poder así, motivar transformaciones donde las ideas distintas tengan un espacio de acción, dejando poco margen para que las debilidades sean las protagonistas de las conversaciones. En consecuencia, se hace necesario cambiar el mapa de nuestras propuestas de tal forma que, podamos concretar un escenario de apertura, sobre un territorio incierto, donde las ideas novedosas tengan un espacio fértil donde crecer, así sea al margen del camino de los escépticos.

No podemos dejar que las cosas importantes, ocupen el espacio de las menos importantes; que la tiranía de la urgencia, como afirma Covey (2016), doblegue las ideas creativas que podemos desarrollar y concretar. En este sentido, es necesario pasar de la dependencia de una idea, a la interdependencia de un concepto, es decir, llegar allí donde las fortalezas de otros son parte una nueva historia: un sueño que se hace uno con la pasión de todos.

EL Editor

Referencia
Covey, S. (2016) Las 12 palancas del éxito. Hacia la grandeza primordial. Bogotá, Colombia: Editorial Planeta.

lunes, 3 de julio de 2017

El valor del "no saber"

La sabiduría puede llegar a través de la experiencia, pero no mediante la acumulación de experiencias. El desaprendizaje supone estar preparado para desprenderse de lo aprendido y comenzar desde cero. (…) el punto más elevado del saber es “no saber”.” (Brew, 2011, p.121) Una frase que abre el entendimiento a la búsqueda permanente de las fronteras de la ciencia y el conocimiento, una oportunidad para encontrar en el “no saber”, la ruta de la trascendencia humana.

Cuando el hombre se enfrenta al reto de “no saber”, piensa menos en sí misma, adquiere mayor sentido de conexión con otros y comienza a ver el mundo a través de los ojos de sus semejantes (Maxwell, 2015). Este ejercicio permite una apertura del corazón y de la vida, desde la búsqueda de respuestas conjuntas donde sus habilidades y las capacidades de los otros, se combinan para lograr una lectura distinta y enriquecida de la realidad.

La tensión inherente que transmite el “no saber” quiebra la mentalidad egoísta de “que gano yo”, lo que habilita opciones que permiten apoyar y ayudar a otros, como una forma natural de ayudarse a sí mismo. La sensación de “no saber”, establece un espacio de colaboración cierto, que no deja de lado la exigencia personal de superación y esfuerzo que supone comprender una situación, sino que revela la presencia del otro como fuente de ideas y reflexiones que complementan las posturas individuales.

Cuando el hombre asume el “no saber” activa en su interior la pasión por explorar y descubrir una nueva frontera, una expresión natural de la curiosidad propia de los seres humanos, la cual marca su presencia en la vida propia y la de otros, cuando es capaz de conectar su intereses y retos con las lecturas individuales de aquellos que se han inspirado en desafíos semejantes o se han sintonizado con actitudes y valores equivalentes en otras situaciones.

Andar por los senderos del “no saber” es caminar por una ruta de transformación, de transmutación personal donde es posible identificar habilidades y dones complementarios en los otros, como un aporte único y especial, que constituye un acervo de saberes previos donde se pueden encontrar nuevas respuestas y preguntas inéditas, que descubren el camino en medio de lo incierto y trazan nuevas apuestas que con el tiempo serán revisadas, revaluadas o complementadas.

El “no saber” establece en sí mismo, que las respuestas humanas que se tienen a la fecha son parciales e inacabadas, y por tanto, la experiencia permanente con su entorno deberá ser de expectativa y asombro, para continuar creando “suspensiones de la realidad” que lo lleven a cuestionar sus saberes previos. Una experiencia donde es posible resignificar el sentido de la vida, “construir escaleras para que otros suban por ellas” (Maxwell, 2015) y así hacer de cada día, no una oportunidad para aprender, sino una obra maestra de “desaprendizaje”.

El Editor

Referencia
Brew, A. (2011) “Desaprender” mediante la experiencia. En Boud, D., Cohe, R. y Walker, D. (Eds) (2011) El aprendizaje a partir de la experiencia. Interpretar lo vital y cotidiano como fuente de conocimiento. Madrid, España: Narcea de Ediciones. 109-122
Maxwell, J. (2015) Vivir intencionalmente. Escoja una vida relevante. New York, USA: Hachette Book Group.

sábado, 24 de junio de 2017

La fatiga del "competir"

Estamos viviendo momentos históricos de la humanidad, desarrollos que muchos quisieron ver y no pudieron. Somos testigos de transformaciones positivas y de intereses cruzados que buscan ser protagonistas y tener “control” de una realidad, dominada aún, como en la antigüedad, por los recursos naturales y las presiones políticas, o mejor hoy denominadas geopolíticas.

Pareciera que como humanidad no hemos aprendido la lección que nos ha legado la competitividad, entender al otro como competencia o rival, como contrario que debo doblegar o conquistar para mostrar que tengo supremacía y dominio. Bien anota Maturana, que “la competencia no es ni puede ser sana porque se constituye en la negación del otro”. Competir es un ejercicio de preparación individual para superar las mejores condiciones del otro o aprovechar sus limitaciones para lograr una victoria personal.

Las teorías de administración vigentes a la fecha han recabado en insistir que el competir y diferenciarse es parte de la forma natural como las empresas y las personas deben “prepararse” para superar los retos y contradicciones del entorno. Una postura que, si bien ha permitido motivar transformaciones interesantes y movilizar a muchos fuera de su zona cómoda, poco a poco se ha venido debilitando para dar paso a una visión diametralmente distinta.

La fatiga del “competir” está siendo ocupada por la apuesta del “colaborar”, del sumar voluntades y habilidades para tener una mejor forma de construir un futuro conjunto. Entender esta nueva postura implica que reconocemos en los otros, elementos claves que son relevantes y pertinentes, para observar y desarrollar una lectura enriquecida de la realidad, que busca comprender y tejer un sentido de nuestro entorno más inclusivo y menos exclusivo.

Co-laborar implica trabajar en conjunto para construir un saber enriquecido, una forma de creación conjunta de significados, donde la supervisión no está en una persona, sino en la consistencia natural de los retos y actividades que permiten alcanzar un aprendizaje significativo para todos los participantes (Barkley, Cross y Major, 2012). En este sentido, la colaboración es una oportunidad para compartir y construir nuevas capacidades, más allá de adquirir un conocimiento: conquistar una oportunidad.

Mientras el paradigma de la competencia nos ha permitido entender y superar las expectativas de personas o grupos de personas, la colaboración es capaz de crear sentido y significado en una comunidad alrededor de una vista común y de retos conjuntos, los cuales no solo hacen diferencia en ese conglomerado, sino que se expande a otros.

Co-laborar permite hacer evidente las responsabilidades de las personas que participan; se construye una red de compromiso fundada en una perspectiva común, donde no existe ni tu ni yo, sino un nosotros que se ha desarrollado desde una lectura comunitaria, desde un saber cognitivo que en últimas es un saber subjetivo, un saber de equipo situado en un entorno de cambio permanente.

En pocas palabras, las teorías administrativas deberán evolucionar para concretar una nueva distinción, donde las nuevas exigencias de racionalidad nos permitan sumar saberes conjuntos e implícitos, donde los competidores que logran metas grandes y retadoras, se traducen colaboradores que comparten sueños y esperanzas de forma conjunta.

El Editor.

Referencia

Barkley, E., Cross, K. P. y Major, C. (2012) Técnicas de aprendizaje colaborativo. Manual para el profesorado universitario. Segunda edición. Madrid, España: Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, España – Ediciones Morata.

domingo, 18 de junio de 2017

Transformaciones aceleradas

Estamos en un momento de transformaciones aceleradas, de revoluciones personales e industriales, que manifiestan el espíritu de cambio en la humanidad. Contradicciones, inestabilidades y algunas veces, sin sentidos, alertan sobre las nuevas lecturas que estamos y vamos hacer de la dinámica social y humana. En este sentido, somos producto del aprendizaje, del cambio de comportamientos que experimentamos cada vez que “suspendemos la dinámica de nuestra realidad”.

Si “el aprendizaje no se puede diseñar” (Gros y Mas, 2016, p.66) dado que pertenece al ámbito de la experiencia y de la práctica, la sociedad, consciente de esta misión y reto de supervivencia, debe anticipar “el proceso que deberá seguir cada uno de sus participantes”, para seleccionar aquellos contenidos que son de interés y relevancia, con el fin de organizarlos, para motivar el aprendizaje de sus miembros, como una capacidad para cuestionar su propia realidad y construir distinciones que no existían previamente.

Si “solo se aprende cuando aparece un comportamiento nuevo” (Barreda, 1995, p.1), la pregunta es ¿cuáles son los comportamientos que requerimos para mantener el desarrollo asimétrico y armónico al mismo tiempo en el contexto social? En otras palabras, ¿qué aprendizajes debemos alcanzar para desconectar nuestras preconcepciones existentes y así incorporar nuevas formas de ver el mundo, nuevos patrones de comportamientos que eleven nuestro nivel de entendimiento de lo social y lo humano como prerrequisito de las sinergias sociales requeridas para transformar la realidad?

El aprendizaje se nutre de la esencia de la incertidumbre, de los fundamentos de lo inestable, de la dinámica de lo volátil y de la lectura de lo ambiguo. El aprendizaje no está diseñado para mantenerse en la zona de lo cierto y conocido, es una nave que demanda zarpar a aguas profundas para concretar una adaptación inesperada, con el fin de tomar decisiones mejor informadas y así adelantar intervenciones educativas que sean el punto base de cambios de comportamientos que revelen cuanto hemos aprendido.

Así las cosas, el entorno se encarga a diario de crear nuevas visiones y espacios de trabajo, para proponernos el desarrollo de capacidades alternas que anticipen los nuevos inciertos, esas oportunidades que retan nuestros conocimientos previos y así, compartir experiencias renovadas de lo conocido, en medio de lo inesperado, como ese patrón de diseño que aparece para proporcionar una nueva experiencia de vida.

Aprender de la dinámica actual del mundo demanda una exigencia de racionalidad y de creatividad. Una racionalidad para conectar problemas reconocibles con soluciones probadas, una racionalidad para comprender en profundidad las características de objetos de interés y sus posibles explicaciones, una racionalidad que asume la causalidad como forma natural de comprender su entorno.

Así mismo la creatividad, como una oportunidad para liberar el pensamiento de lo racional y pensar en lo inesperado e inestable; como una función que descubre características inexploradas de los objetos y como una epistemología que desafía la causalidad como la única forma de comprender los fenómenos actuales.

Recuerde que, todas las transformaciones llevan consigo aprendizajes y cambios, renovaciones que quiebran el status quo de las cosas. Por tanto, si quieres estar alineado con las transformaciones globales, recuerda que debes alcanzar maestría como buen aprendiente, esto es, disposición y apertura para creer y experimentar, así como disciplina y confianza para volver a empezar.

EL Editor.

Referencias
Gros, B. y Mas, X. (2016) ¿Cómo aprender en red? En Gros, B. y Suárez-Guerrero, C. (eds) (2016) Pedagogía red. Una educación para tiempos de internet. Barcelona, España: Octaedro-ICE Universidad de Barcelona. 55-75
Barreda, R. (1995) Aprendizaje. La función de educación en la empresa moderna. Madrid, España: Conorg, S.A.

domingo, 11 de junio de 2017

El ser y la cuarta revolución industrial

Los acelerados avances tecnológicos establecen retos para los seres humanos, retos que nos hablan de pérdida de empleos, mayor individualidad, suplantación de personas por robots, entre otros, que llaman la atención sobre la tensión que existe entre el desarrollo tecnológico y el desarrollo humano y social. La llamada cuarta revolución industrial alerta a muchos y emociona a otros, una realidad que no es posible detener como esencia natural de la necesidad del hombre para hacer las cosas de formas distintas.

Las evoluciones tecnológicas se han agilizado en los últimos cincuenta años. Mientras de la primera a la segunda revolución industrial y de la segunda a la tercera, la humanidad tomó más de un siglo en alcanzarlas, esta última ha tomado menos de medio siglo. Una evolución apresurada del mundo por alcanzar mayores niveles de desarrollo y bienestar para la sociedad y dar el salto cualitativo y cuantitativo de una mayor conquista de la naturaleza y la prevalencia de la ciencia y el conocimiento sobre la materia.

Evolución de las Revoluciones industriales 
(Traducción libre: Gráfica en plantillas de PresentationLoad)

Cada vez que la humanidad enfrenta un salto tecnológico, social, político o económico, se presentan ganadores y perdedores, un resultado propio de las sociedades que viven compitiendo por los recursos, fundadas en las elaboradas reflexiones económicas que nos hablan de cómo alcanzar riqueza material para mantener un nivel de vida que asegure un mejor bienestar para todos.

Esta nueva revolución industrial asistida de “redes de humanos, máquinas y cosas”, establece una nueva frontera para la humanidad e inaugura una nueva forma de interacción social: personas-cosas, cosas-personas, cosas-cosas. Este contexto digitalmente modificado, amplia la visión de la vida como la conocemos hoy, donde las tecnologías inteligentes comienzan a ganar espacios como referentes “cognitivos” que nos asisten en las decisiones del diario vivir.

Estamos pasando de una era digital a una era cognitiva, una era donde se quiere tener más respuestas en poco tiempo, más capacidad de reflexión y sobremanera mayor capacidad para anticipar tendencias hacia el futuro. Esta necesidad del hombre de avanzar y anticipar, demanda mayores exigencias de procesamiento y aprendizaje, que las propuestas recientes asociadas con inteligencia artificial están capitalizando con desarrollos tecnológicos que muestran sus bondades en problemas concretos como la salud, predicción del tiempo, la seguridad nacional, entre otros.

Así las cosas, las habilidades y capacidades humanas y profesionales que se requieren para asumir el reto de la transformación hacia lo cognitivo, pasa por una recuperación del ser individual y único que somos, por la lectura transversal del mundo que reconoce las relaciones vigentes y emergentes de la vida, por el fenómeno trascendente que la tecnología no logra explicar ni experimentar, como el sello indeleble de la humanidad que se resiste a perderse en la magia de las innovaciones tecnológicas.

La cuarta revolución industrial deberá considerar al SER como su apoyo fundamental para lograr las transformaciones que tiene previstas, sin él, sólo será un movimiento científico-tecnológico con muchos desfiles de modas, que sólo dejarán vacíos en la implementación de poderosas innovaciones, con pocas y nuevas conquistas humanas y muchas ganancias empresariales y ejecutivas.

El Editor

domingo, 4 de junio de 2017

Vida espiritual: Pedagogía del movimiento

En un mundo acelerado y permanentemente en movimiento pareciera que no hay espacio para la vida espiritual, para pensar en lo trascendente. En un escenario de vida donde el tiempo pasa de ser un recurso que se administra, a un implacable tirano que te esclaviza; donde el trabajo pocas veces se configura como una oportunidad para vivir a plenitud una vocación, sino como ocasión para conseguir lo necesario para lograr sobrevivir, estamos transitando por un peligroso borde de abandono personal y “cosificación” del ser que nos anuncia un inminente retroceso en la evolución humana.

Vivir una vida espiritual plena es una apuesta por la experiencia de la libertad (Santos, s.f.), la necesidad de discernimiento permanente de lo que ocurre, para encontrar sentido en todo lo que hacemos y superar las manipulaciones del entorno, que conectan nuestras sensaciones, gustos y emociones con imaginarios que sólo buscan concretar una vida basada en el consumo.

La vida espiritual más que una mirada permanente de lo religioso, es una propuesta que no soporta la imitación servil de otros (Santos, S.f), sino la exigencia de ser auténticos, centrados y fieles a la esencia de lo que somos. Una oportunidad permanente para descubrir aquellas relaciones que se relevan cuando permanecemos en contacto con nuestra interioridad y la riqueza que de allí se nutre. Ser espiritual es poner en práctica el ser único que soy, para construir y co-laborar con otros, teniendo como declaración mis propias limitaciones y como riqueza mis propios aprendizajes.

Ser espiritual es forjar la voluntad y mantener la visión que nutre la vocación, el ejercicio reiterado de vencimiento de nuestras propias “tendencias” hacia la “inacción”, que permite mantenernos en movimiento, en esa búsqueda constante de nuestros propios linderos intelectuales, espirituales y humanos, con el fin de desafiar lo conocido y alcanzado, para partir nuevamente hacia aguas profundas donde nuevamente estaremos expuestos a lo incierto e inestable, para que madure nuestra fe y convicción desde aquello que es invisible a los ojos humanos, contradictorio para el mundo y sin sentido para muchos.

La espiritualidad ha sido mal entendida y confinada a un imaginario apocado, rezandero y de inactividad, que compromete su verdadero sentido y valor (Ávila, s.f.). La espiritualidad es todo lo contrario, es una pedagogía del movimiento, donde todo el tiempo se exige a sí misma para vivir una existencia plena: una donde los retos y los desafíos se vuelven parte natural de su reflexión; una donde la oración es una dinámica de relación personal con lo sagrado, como una conversación abierta entre amigos y colegas; una donde se ejercita toda la maquinaria transcendente interna que conecta nuestros sueños, vocación y habilidades para transformar nuestro entorno.

La vida espiritual, por tanto, es un marco de acción personal que anticipa (se prepara para asumir los inciertos), mantiene (conserva la esencia de lo que somos), recupera (restaura los fundamentos propios de la vida ante condiciones adversas) y evoluciona (ajusta y actualiza los fundamentos de la vida frente a condiciones adversas actuales o futuras) (Bodeau y Graubart, 2013) en todos los momentos de la vida, como garante de nuestra estabilidad personal, como fuente inagotable de aprendizaje, que nos invita a estar en conexión permanente con aquello que no vemos, pero experimentamos en cada instante de nuestras vidas.



El Editor.

Referencias
Santos, F. (s.f.) La vida espiritual. Recuperado de:  http://es.catholic.net/op/articulos/33303/cat/902/la-vida-espiritual.html
Ávila, P. (s.f) La vida espiritual del laico. Recuperado de:  http://es.catholic.net/op/articulos/19436/cat/753/la-vida-espiritual-del-laico.html

Bodeau, D. y Graubart, R. (2013) Cyber Resiliency and NIST Special Publication 800-53 Rev.4 Controls. Mitre Technical Report. MTR130531. Recuperado de: https://www.mitre.org/sites/default/files/publications/13-4047.pdf

domingo, 28 de mayo de 2017

Anticipar los retos del futuro

Estamos en una realidad acelerada de cambios y transformaciones que muchas veces no logramos entender o anticipar. Enfrentarnos a un mundo inestable y complejo como el actual no solamente implica leer el entorno de forma detallada y sistémica, sino desconectar las lecturas actuales que tenemos del mundo, deconstruir las verdades en las que creemos, y así descubrir nuevos textos que permanecen temporalmente ocultos a nuestras propias autorestricciones.

Lo anterior implica cambiar el referente desde donde observamos y reconocemos nuestra vida y sobremanera, redescubrir y reconectar nuestro modelo de negocio, que concrete una promesa de valor distinta, que haga realidad lo que queremos alcanzar y transforme la perspectiva de los grupos de interés propios de nuestro ambiente.  En plena era digital se hace necesario entender las tecnologías disponibles, no como soportes de una función empresarial, sino como una oportunidad para repensar las experiencias que tenemos.

De acuerdo con Ramane, Hanelt, Nickerson y Kolbe (2017) un modelo de negocio digital cuenta con cinco (5) componentes: 1) propuesta de valor, 2) interface, 3) plataforma de servicio, 4) modelo de organización y 5) modelo de ingresos.

La propuesta de valor establece las razones por las cuales un cliente particular está dispuesto a pagar por un producto o servicio, ese cambio de perspectiva y experiencia que nos permite encontrar en el mundo digitalmente modificado, una forma alterna de comprensión de nuestro entorno que nos habilita para entender y aprender sobre los cambios actuales y futuros.

La interface es la interacción que se desarrolla entre el cliente y la plataforma de servicio, esa mediación que permite a los interesados y tecnológicamente conectados, tener un espacio para concretar opciones e ideas que le faciliten aspectos propios de sus vidas. Un escenario digitalmente modificado donde pueden construir y elaborar propuestas viables y útiles que la tecnología puede habilitar de forma rápida y efectiva.

La plataforma de servicios es aquella que le permite entregar los productos o servicios de forma ágil, fácil y confiable. En el momento actual existen múltiples opciones que pueden ser usadas por cualquier persona para desplegar servicios o propuestas de productos, que pueden ser versiones mejoradas cada vez, creando un imaginario de innovación permanente basado en las experiencias propias de los clientes, quienes con sus comentarios ofrecen la base para aumentar la oferta de servicios o productos digitalmente modificados.

El modelo de organización requerido establece la estructura y los procesos que se deben articular para producir los productos y/o servicios del ecosistema digital. La organización que se requiere hoy sólo necesita conocer las expectativas del cliente, concretar conexiones y relaciones con personas que saben y desarrollan sobre las plataformas de servicios, con el fin de acelerar el despliegue de lo que se requiere. Mayor flexibilidad y potenciación de habilidades personales y colectivas.

El modelo de utilidades es la manera como se distribuyen las utilidades y los costos entre los participantes del ecosistema. No es una economía central dominada por unos pocos, es una contribución y suma de fortalezas que hacen del producto final una oportunidad para transformar el entorno y crear nuevas fuerzas de mercado que puedan motivar nuevas inestabilidades a futuro.

Si como personas tenemos claro estos cinco elementos y cómo interactúan para crear un nuevo momentum de innovación y creatividad, estaremos siempre tratando de avanzar para estar delante de la curva, deconstruyendo lo que hemos alcanzado, como una forma de movilizar y hacer que sucedan los retos del futuro.

El Editor.

Referencia

Ramane, G., Hanelt, A., Nickerson, R. y Kolbe, L. (2017) Discovering digital business models in traditional industries. Journal of Business Strategy. 38, 2. 41-51

domingo, 21 de mayo de 2017

Una oportunidad para el lobo y el Coyote

Todos tenemos imaginarios sobre aspectos particulares de la vida. Formas de ver el mundo que hemos venido aprendiendo y consolidando con las experiencias personales y los patrones que la sociedad muchas veces nos impone.

Un caso particular son los personajes de cuentos infantiles o programas de televisión que crean poderosas construcciones mentales que llegan a configurar “verdades” y respuestas naturales cuando se confiesan realidades concretas de la vida.

Uno de ellos es caperucita roja y el famoso lobo feroz. La versión que se ha consolidado en nuestra mente y recuerdo, es la vista de Caperucita donde el lobo termina siendo un villano que acaba con la vida de uno de los personajes para engañar a nuestra hermosa niña del bosque. Pero, ¿hemos escuchado la versión del lobo? ¿Tendrá una vista distinta el lobo de este cuento tan conocido? Posiblemente si, y tal vez el lobo sea un damnificado de una provocadora acción de la niña caperucita, con lo cual nuestra percepción del final de la historia puede cambiar.

Cuando logramos disminuir la voz de la contraparte, que tiene algo que decir o complementar e imponemos el discurso de una sola voz, estamos ahogando una posibilidad, una fuente que enriquece la vista panorámica de la realidad de la cual participamos.  Opacar la voz del otro, es perdernos de un punto de vista que nos permite revelar una postura inexplorada que puede y debe ser parte de la reconstrucción del contexto particular donde actuamos.

Otra de las figuras en contraste son el coyote y el correcaminos, dos especímenes que hacen parte de una relación ecológica de cazador y presa. Mientras el correcaminos parece contar con toda la suerte y posibilidades del mundo, el coyote se configura como un planeador, calculador y emprendedor que insiste, persiste y nunca desiste de su objetivo: atrapar al “correcaminos”. Un eterno cazador que nunca concluye su labor.

Bajo este contexto muchos aplauden la realidad del correcaminos, su agilidad, su capacidad de evasión y la visión anticipadora que tiene. Sin embargo, habría que hacerle una entrevista al coyote para que nos ilustre de dónde saca su ingenio, cómo se motiva cada vez luego de un intento fallido, cómo logra siempre poder ubicar a su presa y sobremanera cómo desarrolla y elabora las sofisticadas apuestas tecnológicas y prácticas, finamente calculadas para tratar de atrapar al correcaminos, situaciones que, en últimas, representan la realidad de muchas personas que insisten, persisten y nunca desisten para alcanzar sus metas y sueños.

Tanto el coyote como el lobo, son personajes que tienen una carga negativa pesada, que ha sido reiterada en nuestro imaginario y que, sin embargo, tienen una historia particular que merece ser contada. Es momento de darle la oportunidad y la voz al lobo y al coyote para cuenten su historia, que nos enseñen de su capacidad para superarse a sí mismos y nunca abandonar sus retos.

Estos dos personajes, revelan aquellas realidades y desafíos que no han sido contados, el secreto de la pedagogía del error, de la posibilidades y contextos que están latentes en nuestras vidas; una apuesta complementaria que nos habla de caminos inciertos de un lobo en el bosque y la creatividad de un coyote que vive y descubre cada día el desierto.

Caperucita y el correcaminos son personajes de la fantasía del éxito, que han merecido nuestra atención y reconocimiento. Es hora de retomar los inciertos del lobo y los retos del coyote, como personajes reales que se identifican con nuestra propia humanidad, esa, que día a día construye sus propias oportunidades, en medio contradicciones y verdades parciales.

"Démosle la oportunidad al lobo y el coyote para contar su versión, después de todo, quizá algo podríamos aprender o desaprender de ellos".


El Editor.

domingo, 14 de mayo de 2017

¿Qué significa aprender?

¿Qué significa aprender? Una pregunta que muchos interpretan y leen de diferentes formas. Una expresión de la manera como el ser humano incorpora saberes frente a la inestabilidad de la dinámica global donde actualmente se encuentra.

Bien anota Barreda (1995, p.107): “las turbulencias crecen y cada vez el cambio se aprecia más inmanejable, no se ha aprendido rápidamente y debemos adquirir nuevos comportamientos adaptados a la situación para supervivir. Debemos crear planes de cambio para el futuro. Crear programas que nos ayuden a cambiar en la dirección deseada o adaptarnos al cambio, no previsto, pero real”.

Esta frase reivindica el ejercicio permanente del aprendizaje, de la forma como las personas deben ajustarse de forma eficiente y anticipada, para “adquirir, construir y elaborar” nuevas formas de ver el mundo, desde la experiencia aplicada, esa que permite retar los saberes previos para revelar las nuevas oportunidades disponibles y así proponer soluciones o estrategias alternas para hacer del mundo una versión mejorada de sí mismo.

Los saberes humanos, esas adecuaciones individuales que se dan en la cámara secreta de nuestros supuestos, que modifican las actitudes y formas de pensar, establecen la fuente misma de las transformaciones personales. No reconocer estos saberes previos, es descontar la sabiduría que yace en la experiencia misma del ser y desestimar los aportes significativos y lecciones aprendidas que son fuente natural de formas inusuales de ver la realidad.

Los saberes y el aprendizaje son elementos claves que reconocen un propósito de nivel superior en la sociedad, una ruta de construcción de un territorio marcado por lo dinámico y cambiante, una apuesta sistémica que conecta distintos mundos, distintas perspectivas, para diseñar y adoptar estructuras flexibles que miren e incorporen lo conocido y se abran a desconectar lo aprendido, para incorporar lo desconocido, lo novedoso, lo incierto e inestable.

Adelantarse al cambio, en otras palabras, incorporar nuevos saberes más rápido y anticiparse a lo que aún no ocurre, pero que se advierte en el horizonte, es una tarea que cada ser humano debe adelantar y desarrollar. Un viaje entre información, conocimiento y sabiduría, una experiencia que inicia en el exterior del sujeto, que luego se integra en su propia realidad, para finalmente trascender desde el individuo con una mirada mucho más holística, allí donde el entorno, no es otra cosa que una extensión de su reflexión permanente para repensarse a sí mismo y a su ambiente.

Saber significa entender que si algo funciona, debe ser renovado, debe ser repensado, debe ser reimaginado. No es posible continuar la necesaria senda del aprendizaje, desde los aspectos conocidos y estables de la realidad, sino desde la lectura de lo incierto, donde la pedagogía del error, es la maestra generosa que abre las puertas para nutrirnos de aquello que se sale de lo previsto, esa vivencia que nos sorprende, que nos suspende el ejercicio de la realidad para llevarnos a “tierras inexploradas” donde debemos capitalizar lo aprendido, deconstruir nuestro saber y reconectarlo con las novedades que se presentan.

En consecuencia, aprender significa cambiar, transformar, desconectar, sorprender, explorar, experimentar, tantas palabras que buscan crear un entorno psicológicamente seguro que conecte los propósitos superiores de los seres humanos, como una forma de tratar las tensiones naturales que la incertidumbre nos plantea para ver el mundo como un lugar donde es posible llegar a la iluminación bajo la armonía de los contrarios: luces y sombras, certezas e inciertos, imposibles y posibles.

El Editor.

Referencia:
Barreda, R. (1995) Aprendizaje. La función de educación en la empresa moderna. Madrid, España: CONORG, S.A.

domingo, 7 de mayo de 2017

Mundo VICA: Seis disciplinas para reinventarnos

En mundo volátil, incierto, complejo y ambiguo (VICA), las seguridades no abundan, las certezas se esfuman y las exigencias aumentan. No hay parámetros ciertos que perduren, ni teoría que pase las pruebas inexorables de los cambios de perspectiva, de intereses y de transformaciones políticas, sociales, económicas y tecnológicas.

En este sentido, se hace necesario renovar de forma permanente y de manera previa lo que sabemos de nuestro dominio de conocimiento, para encontrar nuevos lugares comunes que nos permitan actualizar nuestros lentes particulares, desde donde observamos, comprendemos y nos apropiamos de la dinámica de la realidad.

En consecuencia, ser parte de un mundo VICA, demanda de la raza humana una permanente movilidad de preguntas sobre lo que existe, de la forma como descubrimos el mundo y particularmente, como demarcamos el escenario de retos y transformaciones desde donde es posible reinventarnos a nosotros mismos y a nuestro contexto.

Para ello, es necesario desarrollar una serie de disciplinas (hábitos, actitudes, capacidades, significados) que Krupp y Schoemaker (2014) establecen como claves para superar nuestros propios puntos ciegos, actuar de forma anticipada y sobre manera movilizar los esfuerzos en aspectos estratégicamente relevantes para mantenernos delante de la curva. De acuerdo con los investigadores las disciplinas son: anticipar, retar, interpretar, decidir, alinear y aprender.

Anticipar, implica mantenerse explorando en el entorno, cerca de los clientes, socios y competidores, con el fin de establecer inestabilidades, cambios progresivos o inesperados, rarezas en sus comportamientos o aparición de nuevos actores que llegan con propuestas distintas, con el fin de dibujar un panorama enriquecido de la realidad que sirva como fuente de reflexión y contexto de los futuros análisis.

Retar, es una actividad que demanda cuestionar los supuestos y el statu quo, indagar sobre nuestros saberes previos, con el fin de crear quiebres conceptuales y prácticos que permitan re-crear la realidad, buscando relaciones emergentes o actividades inusuales, que motiven un pensamiento lateral, algo fuera de lo común que habilite reflexiones renovadas sobre lo existente o nuevas propuestas que miren al futuro sin restricciones.

Interpretar, es una capacidad que requiere comprender y analizar la información que se colecta de la realidad; datos que revelan aspectos claves de las interacciones entre los diferentes actores del entorno, con el fin de identificar distintos puntos de vista y procurar encontrar evidencia que no sólo que confirme nuestras creencias previas, sino que amplíe nuestro entendimiento actual de la realidad.

Decidir, es el ejercicio de revisar y evaluar opciones, con el fin de establecer el marco de actuación que se debe seguir. Es la práctica de movilizar los recursos y actividades que permitan salir de la posición actual, dejando la zona de comodidad y avanzar en las nuevas oportunidades que se plantean en el escenario, siguiendo la vocación que cada persona tiene.

Alinear, implica leer los intereses y motivaciones de los grupos de interés, entender sus puntos de vista, con el fin de establecer un marco de coordinación y acción que permita encontrar alternativas distintas que abran nuevos horizontes para nuestros sueños, no para concretar una posición dominante, sino convertirnos en un actor clave que construye en conjunto con otros.

Aprender, una acción que exige interrogar lo que conocemos y sabemos, dejarnos cuestionar por las inestabilidades de la realidad, entender las situaciones corrientes exitosas y no exitosas, que nos habilitan para experimentar, simular y hacer nuevos prototipos de nuestros retos, demarcando nuevas fronteras del conocimiento, que lleven a cambios personales, profesionales y empresariales permanentes.

Estas seis disciplinas establecen un desafío de vida y acción para las personas del siglo XXI, una caja de herramientas y condiciones claves para sobrevivir los embates de las discontinuidades en el contexto local y global: la preparación requerida para mantener la única ventaja competitiva sostenible de las empresas y las personas: desaprender y reaprender.

El Editor

Referencia:
Krupp, S. y Schoemaker, P. (2014) Winning the long game. How strategic leaders shape the future. New York, USA: Public Affairs.

sábado, 29 de abril de 2017

Aprender: Una experiencia interior

Muchas investigaciones sustentan que no sólo se aprende en el aula, sino en múltiples facetas y momentos de la vida de las personas. En este sentido, aprender es un ejercicio permanente que nos invita a sorprendernos de los eventos diarios para desconectar nuestros saberes previos, enriquecerlos con las condiciones novedosas y desarrollar nuevas ganancias teóricas y prácticas.

Si lo anterior es correcto, aprender es un proceso, una acción consciente e inconsciente de la persona humana, que permite contextualizar una deconstrucción de la realidad en el escenario de saberes previos y novedosos, con el fin de resignificar un conjunto de relaciones y conexiones dinámicas con elementos de interés de su ambiente, que definen la forma como un individuo se apropia de su contexto, le da forma a sus propuestas y transforma su entorno y su propia vida.

El aprendizaje es una capacidad humana clave, en donde conviene invertir todas las energías, con el fin de hacer de cada ser humano una persona distinta, un otro diferente, que es capaz de revelar e incrementar su potencial, con el fin de avanzar en el desarrollo de su propio plan de vida y construcciones sociales. Aprender no algo que surge de fuera de la persona, sino una transformación que se concreta en su interior, en su propia cámara de supuestos y realidades históricas.

Cuando el ser humano aprende, dejar de ser el mismo, se convierte en una nueva versión mejorada de sí, que ha incorporado e interiorizado un nuevo saber con el cual está habilitado para hacer nuevas distinciones de su realidad, que sean ocasión para crear “quiebres” o sorpresas en otros, con el fin de facilitar una cadena interminable de novedades que creen un momentum de aprendizaje social que facilite el entendimiento de la complejidad propia del tejido social donde este opera.

Aprender no es una acción que se califique como éxito o fracaso, es una experiencia personal que encuentra momentos de contradicción, dudas o inestabilidades, que provocan interrogantes sobre los saberes previos, los cuales establecen las bases de las nuevas oportunidades para ver el mundo con nuevos ojos. Una ocasión para fortalecer y motivar la autonomía humana y mantener al hombre fuera de la zona cómoda, buscando cada día nuevas excusas para desaprender.

Quien diga que “su aprendizaje terminó”, estará al borde de la obsolescencia del conocimiento previo y el envejecimiento de su capacidad de asombro. Esta enfermedad educativa limita al hombre para recrear y enriquecer las experiencias que tiene a diario, dejando de lado su propia virtud, entrando en un ciclo repetitivo y conocido, donde la novedad no tiene cabida y se existe, es una amenaza que, por sí misma, es un atentado contra el ego y su postura jerárquica vigente.

En definitiva, aprender es una tarea que nos debe acompañar toda la vida, un ejercicio que como afirma García, Ruiz y García (2009, p.71) permite al hombre “superarse a sí mismo, romper con la monotonía, reconocer su pasado y proponer nuevas alternativas ante un futuro abierto ante sí”.

El Editor

Referencia

García, L., Ruiz, M. y García, M. (2009) Claves para la educación. Actores, agentes y escenarios en la Sociedad actual. Madrid, España: Narcea Ediciones – UNED.

domingo, 23 de abril de 2017

Experimentar

Experimentar es una palabra que generalmente se encuentra reservada para los laboratorios y los hombres de ciencia. Sin embargo, es la palabra clave que cualquier persona debe tener en cuenta para explorar los linderos de aquello que conoce en un mundo que a diario nos sorprende y nos exige aprender, o mejor, desaprender rápidamente.

Experimentar exige, observar con detenimiento, documentar bien la situación y establecer un contexto adecuado para motivar una lectura distinta de la realidad. Un experimento es una apuesta para rasgar el velo de lo desconocido y revelar aspectos novedosos de la realidad o la resignificación de un concepto ya conocido, desde una perspectiva distinta o alterna.

Experimentar es la base de la acción cognoscitiva que busca confrontar aquello que hemos aprendido, para establecer nuevas prácticas o conceptos que cambian la forma de ver el mundo, de vernos a nosotros mismos y sobremanera, transformar las imágenes estáticas que tenemos en nuestra mente, para quebrar los lentes de nuestros propios supuestos.

Experimentar implica probar, dudar de lo que conocemos y permitirnos explorar caminos alternos que lleven a reflexiones distintas, que motiven acciones novedosas; pensamientos laterales que descubran oportunidades de estrategias impensadas, que encaucen propuestas extrañas o diferentes frente a los referentes conceptuales que se tienen a la fecha.

Quien experimenta corre el riesgo de equivocarse, de encontrarse con situaciones desconocidas, con aspectos extraños o inestables de la realidad, es decir, con una ventana de oportunidad para escribir, con letras torcidas sobre márgenes derechos, una nueva historia de vida que no se vuelve a repetir, un abordaje de nuevos problemas con enfoques probados, o aún en revisión.

Quien no se permite salirse del margen, se está perdiendo de situaciones inéditas que ocurren más allá de la frontera que conocemos, de riesgos ocultos y de conquistas inesperadas, que sólo se hacen realidad a través de la experimentación, de la inquietud permanente de aquellos que no encuentran su lugar en la zona cómoda.

Los que experimentan con frecuencia deben contrastar siempre los aportes de los modelos probados, con aquellos que aún son experimentales. Si bien, los primeros son una guía para establecer una vista formal de la problemática estudiada, los segundos son recursos donde se puede explotar la riqueza de la incertidumbre, no como amenaza, sino como aliada que nos prepara para atender la sorpresa, lo inesperado.

Quien experimenta sabe que el denominado éxito, esa condición escurridiza, amoral e imprevisible, no es lo fundamental en la conquista de uno mismo, sino disfrutar del viaje que implica mover fronteras, encontrar nuevos parajes y colonizar nuevos territorios antes desconocidos.

Experimentar, en definitiva, mantiene en movimiento el intelecto, la creatividad y la ciencia, como un cirio encendido que, en manos de un explorador y aventurero con intenciones legítimas, es una oportunidad para descubrir caminos y sendas que nos llevan por parajes desconocidos y en algunas ocasiones, nos permiten “dar saltos de fe”: esos que nos habilitan para transformar vidas ordinarias, en personas extraordinarias.


El Edito

domingo, 16 de abril de 2017

Escuchar

Escuchar, es estar presente sin distraerse en un mundo como el actual, un verdadero reto de atención que nos saca de lo cotidiano. Escuchar es la puerta que se abre para “estar”, para disfrutar y revelar el mundo y sus posibilidades. Escuchar no es permanecer impávido con cuanto “sonido” se advierte en el entorno, es afinar o refinar la lectura de la señal divina que se esconde en medio del “ruido” y las luces del mundo.

Quien se niega a escuchar, está condenado a vivir una realidad ausente, llena de entretenimiento y solemnidades que solo llenan temporalmente vacíos interiores; mandatos que prescriben formas particulares de leer el mundo en clave de palabras como visibilidad, mercadeo y posición, tres expresiones que no buscan otra cosa que generar distracciones en tus relaciones actuales, perdiendo el foco de la esencia misma de lo que eres.

Cuando la escritura sagrada dice “escucha Israel”, se crea una inestabilidad en la comunidad judía, se saca de la comodidad de su doctrina y establece la potencia de un mensaje, que vibra fuera de las convenientes regla y preceptos; una lectura asistida de la palabra que se nutre del incierto y crea una oportunidad para percibir una fuerza distinta de la cual todos somos depositarios: el amor.

Escuchar es abrir el corazón para explorar frecuencias divinas que permiten “estar presentes y diluirse en la vida”. Es encontrar nuestro propio centro desde donde tomamos control y transmitimos en frecuencia divinamente modulada, sin egoísmos, ni pretensiones, sólo desde la esencia de lo que somos y podemos. Escuchar es un proceso de discernimiento para ver realmente qué necesito y como afirma Grum (2016, p.56): “a qué puedo renunciar sin miedo”.

Escuchar es reconocernos con nuestras luces y sombras, sin esforzarnos en tratar de evitar nuestras limitaciones, sino aceptarlas y vivir en unidad con ellas (Grum, 2016). Nuestras limitaciones son el recuerdo permanente de nuestra necesidad incesante de misericordia, luz y aprendizaje. Escuchar es para la vida espiritual, lo que estrella es para el cielo, la esencia verdadera, la expresión auténtica de lo que somos y tenemos, esa energía fundamental donde la bondad y la generosidad adorna la lectura del entorno; la expresión viva y relevante de una belleza interior que quiere transformar tu vida.

Escuchar es poder eliminar lo accesorio y aquellos preceptos autoimpuestos, con el fin de estar en vela para reconocer a DIOS en tiempo presente: aprender del pasado, explorando el futuro, manejando nuestros propios pensamientos, no con violencia, sino con atención para consentir la vida desde lo que eres.

Escuchar en definitiva es un encuentro consigo mismo y con la divinidad que vibra en la frecuencia del amor, donde todos podemos estar presentes para conectarnos en nuestro interior y desde allí conquistar nuestro entorno exterior.

Referencias

Grum, A. (2016) El arte de la justa medida. Madrid, España: Editorial Trotta.