domingo, 12 de agosto de 2012

Madurar


Anota el religioso González Vallés: “(…) Cuestionarse a tiempo es signo de madurez. Hablar ante otro en confianza y discreción sobre la propia situación puede servir para aclararse y orientarse uno mismo. El riesgo en la vida subsiste en cualesquiera circunstancias. (…)” pareciera que esta es la constante de la vida moderna. Decidir, tomar opciones es una exigencia natural para crecer y madurar.

La madurez no es un estado que se alcanza, es un reconocimiento continuo de lo que somos y podemos, el ejercicio constante de buen juicio y prudencia que desarrollamos a diario para enfrentar los desafíos que la vida nos ofrece; es vivir en movimiento permanente para retar nuestros modelos mentales y darnos la posibilidad de transformar lo que conocemos.

Las personas maduras, no son aquellas que su edad cronológica o condiciones anatómicas revelan el paso del tiempo, más bien, son aquellas cuya altura espiritual a diario se expande y se nutre de sus relaciones con otros; son aquellas que aprenden de cada encuentro humano y divino eso que necesita para descubrir su entorno, eso que configura su visión de la vida y la forma como dejará su impronta en el mundo.

Es cierto que la experiencia, como aquello que nos queda luego de habernos equivocado, es la “prima ratio” que usamos para advertir la madurez. Sin embargo, muchos jóvenes nos demuestran, con su mente inquieta y reflexiones “extremas” que tenemos mucho que aprender, o mejor, desaprender. Estamos en un momento definitivo para la humanidad, un momento para contraponer los viejos modelos y las nuevas propuestas, una cita que tanto adultos como jóvenes debemos atender para hacer que las cosas pasen.

Madurar no es fácil, es una ruta de exigencia personal, de despego de aquello que nos ancla, de soltar las amarras para lanzarnos al viaje hacia el interior del hombre, para recrearnos con sus virtudes y sortear las tormentas de sus inquietudes y contradicciones. Madurar, es confiar que tenemos una luz interior que nos guía y una voz que nos llama; esa condición natural del hombre que libre de sus propios intereses, es capaz de escuchar la voz del infinito en su ser finito.

Si entendemos la madurez como plenitud vital y como el riesgo de lanzarnos a conquistar nuestros sueños, estamos en presencia de una virtud humana que tiene claro donde se encuentran las llaves de la felicidad, que entiende que significa vibrar en la frecuencia del dueño de universo y sobre manera entiende su vocación, a la cual ha sido llamado.

Madurar en nuestra era, no será más una declaración para advertir que debemos ser prudentes y centrados, sino más bien una invitación para vivir la vida con intensidad y decidir estar totalmente presente en cada momento de nuestra existencia.

El Editor

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