sábado, 22 de julio de 2017

Entre lo conocido y lo desconocido

Estamos viendo cambios acelerados del mundo, situaciones novedosas en ciencia y tecnología que nos advierten sobre una nueva faceta de la dinámica humana posiblemente con máquinas o robots en el mediano plazo. Los hombres con su entendimiento y sapiencia han logrado simular situaciones de la naturaleza, dinámicas y partes del cuerpo y construir escenarios virtuales de interacción como internet.

Estos logros elaborados desde su capacidad para dejarse sorprender por la novedad, por lo desconocido y lo inesperado, establecen un marco general de acción que cada uno de los seres humanos debe explotar, con el fin de movilizar sus talentos y acciones para crear mayores posibilidades y propuestas sobre múltiples formas de comprender el mundo.

El hombre que no se deja sorprender por la dinámica de lo incierto y la generosidad de lo ambiguo, está atrapado en su propia burbuja del conocimiento, pensando que con lo que sabe es posible descubrir todo lo que el entorno ofrece. El hombre que se abre a lo poco conocido y explora en terrenos inestables, está trazando nuevos horizontes en su mente y en su corazón para revelar aspectos de la realidad antes desconocidos y que habiliten nuevos entendimientos de aquello que es conocido.

La diferencia entre lo conocido y lo desconocido, no es lo que en sí mismo encierran las dos palabras, sino el espacio de encuentro que se tiene entre los dos mundos: una lista de realidades sabidas preparada para ser desconectadas y un conjunto de situaciones inadvertidas, perfectamente inciertas dispuestas para integrarse al escenario desconectado. En este sentido, la diferencia se vuelve coincidencia, una lectura extendida de la realidad que se desconecta y se reensambla para leerla con unos lentes nuevos.

Cuando el hombre se enfrenta a situaciones o enemigos inciertos, desde la postura de los conocimientos conocidos y ciertos, se crean dos escenarios complementarios: la angustia de no saber y tener que responder, y la oportunidad de no saber, y poder proponer. Cualquiera sea la situación a la que el individuo se enfrente deberá saber que, es desde su visión ante la vida como podrá superar sus propios miedos y temores, para lograr proponer alternativas que den cuenta de su compromiso para crear una mejor versión de sí mismo.

En el mundo actual, las incertidumbres son el nuevo normal al que el hombre moderno se enfrenta, una necesidad de superávit de futuro que consume las energías humanas, sin mediar palabra o análisis sobre lo que ocurre en la realidad. Estar atentos y percibir los cambios del entorno, no debe suponer una postura de angustia o desespero del hombre, sino una lectura sosegada de los signos y señales que el exterior envía para poder descubrir revelaciones claves que reanimen los compromisos personales y los retos empresariales.

Cuando el mundo a diario ofrece nuevas oportunidades para reconectar nuestros retos y ampliar el espectro de nuestros sueños, tenemos el deber de salir al encuentro de la desarticulación de nuestras propias verdades, asumir el proceso de derribar nuestros límites autoimpuestos y superar el dolor y la incomodidad que supone esta acción. 

De esta forma estaremos más cerca de encontrar el tan esquivo elixir de la juventud, ese que no está en el mundo exterior (el del hacer), sino en el mundo interior (el del ser), donde no existe tiempo ni espacio, solo un eterno ahora donde somos uno con el universo.

El Editor

domingo, 16 de julio de 2017

Conexión consciente

Tres elementos que integran, administran y concentran nuestras emociones y sentimientos: el ego, la fortaleza y la autoestima. Cualquiera de ellos que se encuentre en una proporción superior, menor o desbordado en situaciones de normalidad, es decir, cuando lo importante es mantener una postura mesurada, centrada y respetuosa de la realidad, altera la forma como vemos y actuamos en el mundo.

La autoestima es el amor, valía propia, cariño y cuidado que cada ser humano debe mantener por sí mismo, como criatura divina que ha venido al mundo no solo a embellecerlo con su presencia, sino a transformarlo con su actuación. La autoestima es la fuerza natural del hombre que lo invita a mantenerse firme en las horas de confusión o contradicción, es la esencia del alimento del espíritu, que nos impulsa a lograr hazañas extraordinarias y superar situaciones inesperadas.

La fortaleza es la potencia y capacidad interior que sobrepone al hombre frente a los momentos de lucha interior y exterior. Es la energía de la constancia y consistencia de un esfuerzo concentrado y focalizado, que vencer el temor y permite cambiar una condición adversa, en una oportunidad de renovación y construcción personal. La fortaleza es un don que debe ser renovado e invocado a la divinidad, para mantener la estabilidad espiritual que precede a la motivación personal para salir adelante en medio de las inestabilidades y tempestades.

El ego, ese enemigo persistente que el hombre tiene, que no le deja ser, sino aparentar. Ese contrario que no quiere que nada cambie para tener una excusa perfecta para seguir existiendo. El ego es la expresión natural del niño malcriado que el hombre lleva dentro, que muchas veces toma el control de su vida y que lo invita todo el tiempo a reaccionar y no a meditar y reflexionar antes de actuar. El ego se mantiene en las sombras, tratando de pasar desapercibido, sin ser detectado, listo para impedir al hombre estar en el presente y preso de su pasado.

Cuando la autoestima se eleva, deberá responder a una realidad donde se ha comprometido su nivel medio de funcionamiento, es decir, ese estándar de valor propio sano que permite al hombre renovarse dentro y saber que es capaz de superar los retos que la vida le propone. Cuando la fortaleza se incrementa, será una respuesta natural al exigente contexto del ambiente que somete y enfrenta las limitaciones del ser humano, invitándolo a reestablecer su compromiso para lograr aquello que se ha propuesto.

Cuando el ego se incrementa, ya no se tienen alertas, sino alarmas. Hay una situación que se ha desbordado, una parte inherente del hombre que ha tomado el control sobre sus propias acciones; una sombra, que como las propias de los seres humanos, ha tomado más relevancia que otra y que posiblemente, aviva el fuego de terceras que han estado vigilantes en su momento.

El ego, como anota Tolle (2017, p.68), se lo toma todo personalmente, conecta con la emoción, la actitud defensiva y finalmente, con una posible agresión. El ego, sigue Tolle (idem), confunde la opinión y los puntos de vista con los hechos. Es un mal intérprete de la realidad, que no reconoce la poca nitidez y posible alteración de sus lentes para ver el mundo.

Así las cosas, es necesario mantener una conexión consciente con el ser interior, con la luz divina que habita en cada uno de los hombres; esa fuente de energía vital que todo lo nutre y sintoniza en la intimidad de cada individuo. Una permanente reflexión que, reconociendo el entorno, los retos y aspiraciones humanas, es capaz de articular su autoestima y fortaleza para reconocer y superar al ego como lo que es: una disfunción colectiva y la locura de la mente humana (Tolle, 2017, p.75).

El Editor

Referencia
Tolle, E. (2017) Un nuevo mundo, Ahora. Encuentra el propósito de tu vida. Decimotercera Edición. Tercera reimpresión. Barcelona, España: Penguim Random House Grupo Editorial.

domingo, 9 de julio de 2017

Un sueño: pasión de todos

Bien afirma Covey (2016) cuando establece la distinción entre resolución de situaciones problemáticas y creatividad: “cuando nos centramos en la resolución de un problema, intentamos eliminar algo. Cuando estamos en modo creativo, intentamos crear algo”.

Si permanecemos todo el tiempo en modalidad “resolución de problema”, la ansiedad y la angustia aparecen, las reflexiones analíticas se vuelven tan naturales, que nos concentran en un punto específico que nos hace perder del norte y los objetivos claves por los cuales asumimos la tarea que nos han encomendado (Covey, 2016). Por lo general este esfuerzo, que nos consume mucha de nuestra energía, termina siendo estéril como quiera que la situación problemática no siempre es solucionada.

Cuando nos movemos al “modo creativo”, buscamos en la situación problemática una oportunidad para construir algo que no existe, un pensamiento lógico y algunas veces inusual que nos permita abandonar los patrones de pensamiento habituales, con el fin de crear en nuestra mente a solución y la energía necesaria para concretarla. Lo anterior, supone, encontrar en nuestra misión personal aquellos puntos de inflexión que nos permiten superar los conocimientos previos y motivarnos a navegar sobre el incierto de aquello que no ha sido probado.

En la formación académica tradicional el pensamiento analítico ha mantenido su dominio sobre las formas alternas de pensar y proponer. En la medida que nuestro pensamiento tenga la habilidad de conciliar la incertidumbre, como una opción para desconectar la realidad, incluir los aspectos novedosos disponibles y luego, concretar una distinción enriquecida que reinterprete la situación problemática, podemos advertir que hemos efectuado un movimiento lateral que para muchos puede ser inesperado.

Cuando estamos prisioneros de las presiones conceptuales y los marcos de trabajo conocidos y probados, las ideas diferentes suelen ser doblegadas por las pruebas y resultados de acciones previamente validadas y analizadas. Por tanto, “sin apoyos, sin ayuda y sin sinergias, nuestras ideas “no estándares”, acaban siendo una apuesta que se queda sin fondos, sin soporte para lograr transformar y hacer las cosas de formas no conocidas” (Adaptado de: Covey, 2016, p.106).

En este sentido, es importante construir alrededor de nuestras propias reflexiones, un equipo que compense nuestras limitaciones y poder así, motivar transformaciones donde las ideas distintas tengan un espacio de acción, dejando poco margen para que las debilidades sean las protagonistas de las conversaciones. En consecuencia, se hace necesario cambiar el mapa de nuestras propuestas de tal forma que, podamos concretar un escenario de apertura, sobre un territorio incierto, donde las ideas novedosas tengan un espacio fértil donde crecer, así sea al margen del camino de los escépticos.

No podemos dejar que las cosas importantes, ocupen el espacio de las menos importantes; que la tiranía de la urgencia, como afirma Covey (2016), doblegue las ideas creativas que podemos desarrollar y concretar. En este sentido, es necesario pasar de la dependencia de una idea, a la interdependencia de un concepto, es decir, llegar allí donde las fortalezas de otros son parte una nueva historia: un sueño que se hace uno con la pasión de todos.

EL Editor

Referencia
Covey, S. (2016) Las 12 palancas del éxito. Hacia la grandeza primordial. Bogotá, Colombia: Editorial Planeta.

lunes, 3 de julio de 2017

El valor del "no saber"

La sabiduría puede llegar a través de la experiencia, pero no mediante la acumulación de experiencias. El desaprendizaje supone estar preparado para desprenderse de lo aprendido y comenzar desde cero. (…) el punto más elevado del saber es “no saber”.” (Brew, 2011, p.121) Una frase que abre el entendimiento a la búsqueda permanente de las fronteras de la ciencia y el conocimiento, una oportunidad para encontrar en el “no saber”, la ruta de la trascendencia humana.

Cuando el hombre se enfrenta al reto de “no saber”, piensa menos en sí misma, adquiere mayor sentido de conexión con otros y comienza a ver el mundo a través de los ojos de sus semejantes (Maxwell, 2015). Este ejercicio permite una apertura del corazón y de la vida, desde la búsqueda de respuestas conjuntas donde sus habilidades y las capacidades de los otros, se combinan para lograr una lectura distinta y enriquecida de la realidad.

La tensión inherente que transmite el “no saber” quiebra la mentalidad egoísta de “que gano yo”, lo que habilita opciones que permiten apoyar y ayudar a otros, como una forma natural de ayudarse a sí mismo. La sensación de “no saber”, establece un espacio de colaboración cierto, que no deja de lado la exigencia personal de superación y esfuerzo que supone comprender una situación, sino que revela la presencia del otro como fuente de ideas y reflexiones que complementan las posturas individuales.

Cuando el hombre asume el “no saber” activa en su interior la pasión por explorar y descubrir una nueva frontera, una expresión natural de la curiosidad propia de los seres humanos, la cual marca su presencia en la vida propia y la de otros, cuando es capaz de conectar su intereses y retos con las lecturas individuales de aquellos que se han inspirado en desafíos semejantes o se han sintonizado con actitudes y valores equivalentes en otras situaciones.

Andar por los senderos del “no saber” es caminar por una ruta de transformación, de transmutación personal donde es posible identificar habilidades y dones complementarios en los otros, como un aporte único y especial, que constituye un acervo de saberes previos donde se pueden encontrar nuevas respuestas y preguntas inéditas, que descubren el camino en medio de lo incierto y trazan nuevas apuestas que con el tiempo serán revisadas, revaluadas o complementadas.

El “no saber” establece en sí mismo, que las respuestas humanas que se tienen a la fecha son parciales e inacabadas, y por tanto, la experiencia permanente con su entorno deberá ser de expectativa y asombro, para continuar creando “suspensiones de la realidad” que lo lleven a cuestionar sus saberes previos. Una experiencia donde es posible resignificar el sentido de la vida, “construir escaleras para que otros suban por ellas” (Maxwell, 2015) y así hacer de cada día, no una oportunidad para aprender, sino una obra maestra de “desaprendizaje”.

El Editor

Referencia
Brew, A. (2011) “Desaprender” mediante la experiencia. En Boud, D., Cohe, R. y Walker, D. (Eds) (2011) El aprendizaje a partir de la experiencia. Interpretar lo vital y cotidiano como fuente de conocimiento. Madrid, España: Narcea de Ediciones. 109-122
Maxwell, J. (2015) Vivir intencionalmente. Escoja una vida relevante. New York, USA: Hachette Book Group.

sábado, 24 de junio de 2017

La fatiga del "competir"

Estamos viviendo momentos históricos de la humanidad, desarrollos que muchos quisieron ver y no pudieron. Somos testigos de transformaciones positivas y de intereses cruzados que buscan ser protagonistas y tener “control” de una realidad, dominada aún, como en la antigüedad, por los recursos naturales y las presiones políticas, o mejor hoy denominadas geopolíticas.

Pareciera que como humanidad no hemos aprendido la lección que nos ha legado la competitividad, entender al otro como competencia o rival, como contrario que debo doblegar o conquistar para mostrar que tengo supremacía y dominio. Bien anota Maturana, que “la competencia no es ni puede ser sana porque se constituye en la negación del otro”. Competir es un ejercicio de preparación individual para superar las mejores condiciones del otro o aprovechar sus limitaciones para lograr una victoria personal.

Las teorías de administración vigentes a la fecha han recabado en insistir que el competir y diferenciarse es parte de la forma natural como las empresas y las personas deben “prepararse” para superar los retos y contradicciones del entorno. Una postura que, si bien ha permitido motivar transformaciones interesantes y movilizar a muchos fuera de su zona cómoda, poco a poco se ha venido debilitando para dar paso a una visión diametralmente distinta.

La fatiga del “competir” está siendo ocupada por la apuesta del “colaborar”, del sumar voluntades y habilidades para tener una mejor forma de construir un futuro conjunto. Entender esta nueva postura implica que reconocemos en los otros, elementos claves que son relevantes y pertinentes, para observar y desarrollar una lectura enriquecida de la realidad, que busca comprender y tejer un sentido de nuestro entorno más inclusivo y menos exclusivo.

Co-laborar implica trabajar en conjunto para construir un saber enriquecido, una forma de creación conjunta de significados, donde la supervisión no está en una persona, sino en la consistencia natural de los retos y actividades que permiten alcanzar un aprendizaje significativo para todos los participantes (Barkley, Cross y Major, 2012). En este sentido, la colaboración es una oportunidad para compartir y construir nuevas capacidades, más allá de adquirir un conocimiento: conquistar una oportunidad.

Mientras el paradigma de la competencia nos ha permitido entender y superar las expectativas de personas o grupos de personas, la colaboración es capaz de crear sentido y significado en una comunidad alrededor de una vista común y de retos conjuntos, los cuales no solo hacen diferencia en ese conglomerado, sino que se expande a otros.

Co-laborar permite hacer evidente las responsabilidades de las personas que participan; se construye una red de compromiso fundada en una perspectiva común, donde no existe ni tu ni yo, sino un nosotros que se ha desarrollado desde una lectura comunitaria, desde un saber cognitivo que en últimas es un saber subjetivo, un saber de equipo situado en un entorno de cambio permanente.

En pocas palabras, las teorías administrativas deberán evolucionar para concretar una nueva distinción, donde las nuevas exigencias de racionalidad nos permitan sumar saberes conjuntos e implícitos, donde los competidores que logran metas grandes y retadoras, se traducen colaboradores que comparten sueños y esperanzas de forma conjunta.

El Editor.

Referencia

Barkley, E., Cross, K. P. y Major, C. (2012) Técnicas de aprendizaje colaborativo. Manual para el profesorado universitario. Segunda edición. Madrid, España: Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, España – Ediciones Morata.

domingo, 18 de junio de 2017

Transformaciones aceleradas

Estamos en un momento de transformaciones aceleradas, de revoluciones personales e industriales, que manifiestan el espíritu de cambio en la humanidad. Contradicciones, inestabilidades y algunas veces, sin sentidos, alertan sobre las nuevas lecturas que estamos y vamos hacer de la dinámica social y humana. En este sentido, somos producto del aprendizaje, del cambio de comportamientos que experimentamos cada vez que “suspendemos la dinámica de nuestra realidad”.

Si “el aprendizaje no se puede diseñar” (Gros y Mas, 2016, p.66) dado que pertenece al ámbito de la experiencia y de la práctica, la sociedad, consciente de esta misión y reto de supervivencia, debe anticipar “el proceso que deberá seguir cada uno de sus participantes”, para seleccionar aquellos contenidos que son de interés y relevancia, con el fin de organizarlos, para motivar el aprendizaje de sus miembros, como una capacidad para cuestionar su propia realidad y construir distinciones que no existían previamente.

Si “solo se aprende cuando aparece un comportamiento nuevo” (Barreda, 1995, p.1), la pregunta es ¿cuáles son los comportamientos que requerimos para mantener el desarrollo asimétrico y armónico al mismo tiempo en el contexto social? En otras palabras, ¿qué aprendizajes debemos alcanzar para desconectar nuestras preconcepciones existentes y así incorporar nuevas formas de ver el mundo, nuevos patrones de comportamientos que eleven nuestro nivel de entendimiento de lo social y lo humano como prerrequisito de las sinergias sociales requeridas para transformar la realidad?

El aprendizaje se nutre de la esencia de la incertidumbre, de los fundamentos de lo inestable, de la dinámica de lo volátil y de la lectura de lo ambiguo. El aprendizaje no está diseñado para mantenerse en la zona de lo cierto y conocido, es una nave que demanda zarpar a aguas profundas para concretar una adaptación inesperada, con el fin de tomar decisiones mejor informadas y así adelantar intervenciones educativas que sean el punto base de cambios de comportamientos que revelen cuanto hemos aprendido.

Así las cosas, el entorno se encarga a diario de crear nuevas visiones y espacios de trabajo, para proponernos el desarrollo de capacidades alternas que anticipen los nuevos inciertos, esas oportunidades que retan nuestros conocimientos previos y así, compartir experiencias renovadas de lo conocido, en medio de lo inesperado, como ese patrón de diseño que aparece para proporcionar una nueva experiencia de vida.

Aprender de la dinámica actual del mundo demanda una exigencia de racionalidad y de creatividad. Una racionalidad para conectar problemas reconocibles con soluciones probadas, una racionalidad para comprender en profundidad las características de objetos de interés y sus posibles explicaciones, una racionalidad que asume la causalidad como forma natural de comprender su entorno.

Así mismo la creatividad, como una oportunidad para liberar el pensamiento de lo racional y pensar en lo inesperado e inestable; como una función que descubre características inexploradas de los objetos y como una epistemología que desafía la causalidad como la única forma de comprender los fenómenos actuales.

Recuerde que, todas las transformaciones llevan consigo aprendizajes y cambios, renovaciones que quiebran el status quo de las cosas. Por tanto, si quieres estar alineado con las transformaciones globales, recuerda que debes alcanzar maestría como buen aprendiente, esto es, disposición y apertura para creer y experimentar, así como disciplina y confianza para volver a empezar.

EL Editor.

Referencias
Gros, B. y Mas, X. (2016) ¿Cómo aprender en red? En Gros, B. y Suárez-Guerrero, C. (eds) (2016) Pedagogía red. Una educación para tiempos de internet. Barcelona, España: Octaedro-ICE Universidad de Barcelona. 55-75
Barreda, R. (1995) Aprendizaje. La función de educación en la empresa moderna. Madrid, España: Conorg, S.A.

domingo, 11 de junio de 2017

El ser y la cuarta revolución industrial

Los acelerados avances tecnológicos establecen retos para los seres humanos, retos que nos hablan de pérdida de empleos, mayor individualidad, suplantación de personas por robots, entre otros, que llaman la atención sobre la tensión que existe entre el desarrollo tecnológico y el desarrollo humano y social. La llamada cuarta revolución industrial alerta a muchos y emociona a otros, una realidad que no es posible detener como esencia natural de la necesidad del hombre para hacer las cosas de formas distintas.

Las evoluciones tecnológicas se han agilizado en los últimos cincuenta años. Mientras de la primera a la segunda revolución industrial y de la segunda a la tercera, la humanidad tomó más de un siglo en alcanzarlas, esta última ha tomado menos de medio siglo. Una evolución apresurada del mundo por alcanzar mayores niveles de desarrollo y bienestar para la sociedad y dar el salto cualitativo y cuantitativo de una mayor conquista de la naturaleza y la prevalencia de la ciencia y el conocimiento sobre la materia.

Evolución de las Revoluciones industriales 
(Traducción libre: Gráfica en plantillas de PresentationLoad)

Cada vez que la humanidad enfrenta un salto tecnológico, social, político o económico, se presentan ganadores y perdedores, un resultado propio de las sociedades que viven compitiendo por los recursos, fundadas en las elaboradas reflexiones económicas que nos hablan de cómo alcanzar riqueza material para mantener un nivel de vida que asegure un mejor bienestar para todos.

Esta nueva revolución industrial asistida de “redes de humanos, máquinas y cosas”, establece una nueva frontera para la humanidad e inaugura una nueva forma de interacción social: personas-cosas, cosas-personas, cosas-cosas. Este contexto digitalmente modificado, amplia la visión de la vida como la conocemos hoy, donde las tecnologías inteligentes comienzan a ganar espacios como referentes “cognitivos” que nos asisten en las decisiones del diario vivir.

Estamos pasando de una era digital a una era cognitiva, una era donde se quiere tener más respuestas en poco tiempo, más capacidad de reflexión y sobremanera mayor capacidad para anticipar tendencias hacia el futuro. Esta necesidad del hombre de avanzar y anticipar, demanda mayores exigencias de procesamiento y aprendizaje, que las propuestas recientes asociadas con inteligencia artificial están capitalizando con desarrollos tecnológicos que muestran sus bondades en problemas concretos como la salud, predicción del tiempo, la seguridad nacional, entre otros.

Así las cosas, las habilidades y capacidades humanas y profesionales que se requieren para asumir el reto de la transformación hacia lo cognitivo, pasa por una recuperación del ser individual y único que somos, por la lectura transversal del mundo que reconoce las relaciones vigentes y emergentes de la vida, por el fenómeno trascendente que la tecnología no logra explicar ni experimentar, como el sello indeleble de la humanidad que se resiste a perderse en la magia de las innovaciones tecnológicas.

La cuarta revolución industrial deberá considerar al SER como su apoyo fundamental para lograr las transformaciones que tiene previstas, sin él, sólo será un movimiento científico-tecnológico con muchos desfiles de modas, que sólo dejarán vacíos en la implementación de poderosas innovaciones, con pocas y nuevas conquistas humanas y muchas ganancias empresariales y ejecutivas.

El Editor